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25 de agosto, 2022

Un biosensor conectado al móvil permitirá detectar toxinas en el pescado y el marisco

Identificará de forma inmediata y fiable las ciguatoxinas y las tetradotoxinas

I+D+i

Investigadores del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA) y de la Universitat Rovira i Virgili (URV), a través del proyecto CELLECTRA, están desarrollando nuevas herramientas biotecnológicas para detectar toxinas en productos del mar. El objetivo es crear metodologías fiables y sensibles para detectar ciguatoxinas y tetrodotoxinas en pescado y marisco, dos toxinas típicas de lugares tropicales que se han ido extendiendo a aguas templadas del Atlántico y del Mediterráneo, posiblemente por influencia del cambio climático. A esto hay que añadir que, debido a la globalización del comercio, en el mercado encontramos especies de pescado y marisco de fuera del Mediterráneo, lo que favorece el incremento de las intoxicaciones alimentarias.

Gracias a este proyecto, el equipo de investigación producirá biosensores, aparatos que podrán detectar toxinas a partir de muestras purificadas de marisco y pescado. Los biosensores están basados ​​en tres tipos de elementos que permitirán reconocer las toxinas: en células, que permiten realizar un cribado toxicológico de las toxinas; y en receptores y en aptámeros —ácidos nucleicos de cadena sencilla—, con los que, a partir de la estructura química de las toxinas, éstas pueden detectarse de forma específica. El aparato podrá conectarse al móvil y aportará inmediatamente los resultados del análisis. «Frente al aumento de intoxicaciones necesitamos un sistema rápido, sensible, eficiente y, sobre todo, portátil, porque debe ser fácil de utilizar por parte de productores, puntos de distribución de pescado, supermercados y agencias de seguridad alimentaria», señala Mònica Campàs, investigadora del programa Aguas marinas y continentales del IRTA y coordinadora del proyecto.

En el primer año de CELLECTRA, los científicos se centraron en las primeras fases del diseño del biosensor. Han logrado inmovilizar células sobre unos electrodos, que son los que darán la respuesta del análisis de las muestras tóxicas. También han obtenido receptores a partir de células neuronales de mamíferos, y en el laboratorio han producido aptámeros que reconocen la tetrodotoxina. Por último, se han sintetizado ciclodextrinas, unos compuestos basados en azúcares que son capaces de capturar ciguatoxinas de las muestras y concentrarlas para que sea más fácil detectarlas. «La combinación de todos estos elementos hace que el biosensor sea muy fiable», remarca Ciara K. O’ Sullivan, investigadora ICREA que lidera el proyecto en la URV, junto con el investigador Alex Fragoso.

La mayoría de intoxicaciones por esta neurotoxina se deben al consumo de pez globo (Fugu) que, de hecho, en Europa está prohibido consumir. Sin embargo, también se ha detectado en otros animales marinos como erizos de mar y mejillones e, incluso, en animales terrestres como insectos, tritones y ranas. La diversidad de ecosistemas donde existen tetrodotoxinas hace que su origen todavía no quede claro. Se sabe que hay algunas bacterias asociadas a estas especies que la producen, pero todavía no se ha resuelto científicamente si se trata de una relación de simbiosis o si estos animales también son capaces de producirlas.